MIÉRCOLES 22
NOVIEMBRE

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Columna semanal del P. Maxi Turri. Esta semana: "Ideología"


Querer desarrollar una idea, poder escribir un artículo en un periódico, poner de manifiesto un valor propio, son acciones que en estos tiempos significan un desafío extremo.
¿Por qué? Porque estamos viviendo un momento de la historia en el cual expresar las propias ideas en medios de comunicación o en espacios comunes se va constituyendo en la posibilidad de quedar tildado de “tolerante” -máximo valor a alcanzar en la actualidad- o de “intolerante” por no pensar como piensan los demás.
Vivimos en tiempos difíciles, no cabe ninguna duda, porque vivimos en tiempos donde la ideología se ha instalado hasta en las posturas más liberales.
Permítame queridos lectores, sin intención de aburrirlos con esta idea, que les cuente más o menos -más menos que más- qué es lo que dicen acerca de la ideología.
La palabra “ideología” se utiliza en varios sentidos.
Uno de ellos es el que la describe como una parte de la filosofía que se ocupaba del análisis de las ideas. Esto es, una ciencia que estudia cómo el ser humano “conoce”.
¿Cómo podemos conocer lo que nos rodea? ¿Será cierto lo que se dice acerca de las cosas?, son ejemplo de algunas preguntas que intentaba responder esta disciplina.
Otro sentido es el que adquiere en el campo de las acciones, por ejemplo, en el obrar de las instituciones o de las personas, sobre todo cuando dicho obrar esconde su verdadera intención –ideología- mediante “artilugios” peligrosos.
La ideología desempeña aquí la función de desenmascarar. “¡Ahora se va a saber cuál es la verdad!” Pensadores del siglo veinte, como el filósofo Nietzsche, se ocuparon de desenmascarar ideologías, generando, a su vez, otras.
Lo común a todos los sentidos que podemos desarrollar, es que la ideología toma una parte de la realidad y la observa de única manera, cerrándose a una mirada global. Sea cuál sea el tema que aborde, no reconoce otras posturas.
Así surgieron prácticas como dudar para llegar al conocimiento. Se busca cuestionar el conocimiento que se me ofrece y así surge un nuevo conocimiento que se logra después de haber destruido el anterior.
La existencia de Dios es un ejemplo de conocimiento puesto en duda. Se parte de la duda –de lo que se ha recibido-; luego se niega ese conocimiento y finalmente, se “afirma”, con una dudosa seguridad, “Dios no existe”.
La consecuencia inmediata de este tipo de práctica es el relativismo, ideología en la cual muchas verdades son posibles, y ninguna certeza es absoluta. Cada uno, desde su mirada, es dueño de la verdad, “su verdad”.
Esto es peligroso, porque si dos que tienen “sus” verdades entran en confrontación, el que tenga más poder se impondrá sobre el que tenga menos. Y, a la hora de la fundamentación de la verdad que se cree poseer, se utilizan argumentos como “yo lo veo así y basta, sino…”.
Asistimos, entonces al fracaso de los ideales de igualdad, libertad y fraternidad -modelo de pensamiento heredado de la Francia revolucionaria-.
Cae todo en la falsedad. Ni se logra lo uno, ni lo otro.
Pensar de modo ideologizado es pensar de modo “relativo”, todo lo que nos rodea.
En el mundo de los relativos, ¿cómo explicar lo incorrecto de la acción de robar?; ¿Cómo fundamentar que un obrar es incorrecto y, por lo tanto, se puede sancionar, desde la teoría de que cada uno es “libre” de hacer lo que quiere?
Estas preguntas nos llevan a pensar que entendemos mal qué es la libertad, ya que la teoría de que “cada uno es libre si hace lo que quiere” conduce a otra pregunta: ¿si en la teoría se puede, por qué no se puede en la práctica?
Pensar de modo ideologizado es perder la conexión con la realidad. Es vivir en un mundo de fantasías en el cual para seguir sosteniendo esa postura se pierde cada vez más contacto con lo que realmente sucede.
Vale el ejemplo de la justicia para ver cómo, cargada de ideologías, a veces está tan desconectada de lo que le pasa a los mortales.
El ser humano está capacitado para descubrir realmente lo que las cosas son. Esto quiere decir que nos es propio a-prender (apropiarse) de la verdad de lo que nos rodea.
No es cierto que seamos incapaces de llegar a la verdad. Esa verdad que no niega los particulares, sino que los integra. Pero en un común a todos.
Por ejemplo: la vida misma; puede tener distintas miradas, pero no podemos negar que es lo más valioso que existe. Aunque “mi” vida sea desgraciada, no se puede afirmar que “todas” las vidas son del mismo modo.
Es cierto que la vida tiene mucho de desgracia, pero ¿puedo afirmar que toda vida es desgraciada? Seguramente que no. Si tomo lo particular y lo hago universal (para todos) entonces estoy siendo injusto. Estoy metiendo a todos en la misma bolsa, como se dice tan sabiamente en el pensamiento popular.
No perdamos la esperanza de saber que nos podemos poner de acuerdo porque hay algo que nos es común a todos. Una verdad que nos es anterior a cada uno.
No caigamos en la desesperación de ver todo con una mirada tan inestable como la ideología “tal” presenta o el relativismo impone. Se nos pide la coherencia, vivir de acuerdo a cómo se piensa. Proponiendo, no imponiendo. Para demostrar que no es mentira lo que se afirma.
Que realmente estamos convencidos de lo que somos y creemos. Eso es lo que el mundo de hoy nos demanda. Vivir de este modo es el mejor servicio que habremos ofrecido a tantos que quedaron encerrados en ideologías que los usan para lograr imponerse y luego los abandonan en la total confusión.
Jesucristo, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) es nuestra seguridad.
Él nunca abandona (Sal 37, 33; 94, 14; 2 Mac 6, 16; Mt 28, 20) a quienes llamó. A los que confirma constantemente en la seguridad de Su amor.
Él, entonces, es nuestra seguridad en un mundo tan inestable.
¡Hasta la próxima!



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